Comencemos por establecer que previo a su adaptación al cine en dos partes, mi primer y distante contacto con la obra teatral Wicked fue (aquí humildemente) con su puesta en escena mexicana, protagonizada por Danna Paola y Cecilia de la Cueva, hace más de una década. Por lo tanto, al entrar a la segunda entrega cinematográfica, Wicked: Por siempre (Wicked: For Good), la conclusión del relato me era tan poco familiar como para anular casi cualquier expectativa, fuera de la congruencia visual con la primera mitad.
Sin embargo, dado el tipo de producción industrial que es, era una ingenuidad pensar que quizá (¡quizá!), inspirado por las posibilidades expresivas del cine contra el teatro, el director Jon M. Chu podría inclinarse por otra cosa que no fuera una adaptación desde la tibia reverencia en el nombre de la expansión y explotación de la franquicia, sin la más mínima intención de salirse del camino amarillo.
Y vaya que, más allá de la inevitable sensación de déjà vu por una película que se siente como un derivativo “más de lo mismo”, la ignorancia fue todo menos una bendición. Recordar el final de la obra podría haberme ahorrado, como mínimo, el mal trago por ver en cines un desenlace que no sólo se siente anticlimático en términos de personajes, sino que es una simplificación todavía más burda que la obra de los temas del material original—la novela revisionista de Gregory Maguire—y, por lo tanto, una insensibilidad ante el contexto histórico en que se inserta. Considerando de quién viene, la falta de imaginación de lo que pretende ser mera fantasía escapista, merece ser vista con lupa.

Wicked: Por siempre continúa la historia donde se quedó la primera parte, hecho que ya es, en sí mismo, tanto un disparo en el pie—todo va cuesta abajo después de “Defying Gravity”—como señal de la perezosa inflación de un libreto no superior a las tres horas en casi cinco de metraje. Años después de ser declarada una criminal y etiquetada como la “Bruja Malvada del Oeste” por la máquina propagandística de Oz, Elphaba Tropp (Cynthia Erivo) continúa su lucha por los derechos de los animales en el mágico reino, con el libro de hechizos Grimmerie en su poder.
Del otro lado, complacida con su ascenso al servicio del status quo a pesar de no contar con poderes mágicos reales, su amiga Glinda (Ariana Grande), nombrada la “Buena”, contribuye a los montajes del Mago (Jeff Goldblum) y Madame Morrible (Michelle Yeoh) para mantener el control. Parte del show es su compromiso con Fiyero (Jonathan Bailey), otrora enamorado de Elphaba, ahora resentido y obligado a perseguirla como renuente capitán de la Guardia del Mago. La balanza se inclina por la llegada de cierta niña de Kansas gracias a un tornado.
Aunque estrenadas con un año de diferencia, ambas mitades de Wicked fueron filmadas una tras otra, así que la congruencia visual y musical era esperada, para bien y para mal. El diseño de producción (de Nathan Crawley) sigue dotando de algunos toques de modernidad con americana a la reverenciada iconografía de El mago de Oz, ya interpretada infinidad de veces en siglo y cuarto de existencia.
Sin embargo, su caótica paleta de color y fotografía, necia con los destellos y contraluces tan imprácticos como francamente feos, permanecen aquí y no harán cambiar de opinión a ningún detractor. Compárese con En el barrio, otra colaboración de Chu con la fotógrafa Alice Brooks, donde el look deslavado y realista está más justificado.

Hay, claro, destellos de auténtica inventiva. Los temas son casi todos rescatados del musical de teatro, con dos nuevas melodías del compositor original, Stephen Schwartz: “No Place Like Home” (interpretada por Erivo) y “The Girl in the Bubble” (interpretada por Ariana Grande). A partir de esta última, Chu y equipo crean la que es, por mucho, la mejor secuencia de la película, no sólo por un trabajo de cámara y efectos especiales que pone en vergüenza aquella escena del espejo en Contacto, sino por evocar visualmente la evolución de Glinda como personaje, a partir de la iconografía de sus privilegios.
Sin embargo, fuera de estos buenos momentos, Wicked: Por siempre se ve y se siente casi como un producto que, más que despertar la imaginación con colores e ideas, la adormece con un aburrido realismo deslavado que sólo emociona por las poderosas interpretaciones de Erivo y Grande, ambas impecables y emotivas en sus roles. Y es aquí donde conviene hablar sobre el material original y el discurso que plantea esta derivación del mismo.

Publicada en 1995, Wicked: Memorias de una bruja mala de Gregory Maguire es una novela de fantasía oscura que camina una delgada línea entre el homenaje y el revisionismo. El texto toma como punto de partida la obra original de L. Frank Baum (y su icónica adaptación de Hollywood de 1939) para encuadrar a la “Bruja Malvada” no como una villana simple, sino como una figura trágica en una exploración compleja de la tiranía, la política y la propaganda, la marginación y la radicalización, y la cuestión de la maldad como profecía autocomplida. Todo, cabe señalar, en un tono nada familiar y muy lejano de las edulcoradas armonías con las que Idina Menzel y Kristin Chenoweth inmortalizarían esta versión del relato, casi una década más tarde, en Broadway.
La cuestión resalta como una incómoda simplificación de temas complejísimos cuando se considera la conclusión del musical teatral y, por extensión, la versión cinematográfica. Elphaba, encumbrada por el régimen de Oz para luego ser perseguida por poseer magia real—misma que decide utilizar para defender a los discriminados y desprotegidos—, no sólo abdica su poder y su causa al status quo en nombre de la amistad y el buenondismo (y todo por unas zapatillas de plata). Es la película perfecta para los que portan como estandarte aquel cliché del “esas no son formas”. Si hubiese un concurso sobre la referencia más hipócrita e ignorante a El gran dictador de Chaplin, Wicked: Por siempre gana por goleada.
Porque ¿quién querría la incomodidad de un cambio radical, cuando es posible conformarse con un liderazgo blanqueado, pero engendrado del mismo privilegio y corrupción? En este sentido, la novela no tiene un desenlace muy distinto, pero al menos es auténtica, congruente y verosímil con los destinos del Mago, de Elphaba y las motivaciones de ésta.
Wicked es, en esencia, un producto de la industria cultural estadounidense haciendo lo que mejor sabe: diluir con azúcar narrativas más complejas y potencialmente reflexivas, para convertirlas en algo más servil al estado de las cosas. Que no extrañe viniendo del notable sionista Marc Platt, productor de la franquicia desde sus orígenes en el teatro.
Ya lo dice aquel aforismo de Wim Wenders en su libro The Logic of Images, con el que conviene cerrar: “Toda película es política. Y las más políticas son aquellas que pretenden no serlo, las ‘películas de entretenimiento’. Lo son porque descartan la posibilidad del cambio. Con cada fotograma te dicen que todo está bien como está”.

“Wicked: Por siempre” o “Wicked: For Good” se estrena en salas de cine mexicanas el 20 de noviembre con distribución de Universal Pictures.
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